Arte

“Ni comer queso está bien visto”. La responsabilidad artística y la censura

27 de julio de 2023

Por À. Salas

La censura hace años que está en boca de todo el mundo, el otro día en el metro una persona se quejaba en voz alta que vivimos en una esfera en que “ni comer queso está bien visto”. Inmediatamente, me hizo pensar en la conversación que compartimos con Benito Padilla hace más o menos un mes. La censura se encuentra en todas partes. Sea para ser evitada constitucionalmente o por excesiva. Afecta a todas las esferas que constituyen lo social. Hay la censura política, la de la educación, la moral, aquella que se esconde en los medios de comunicación, en el arte y también en las piscinas públicas. Se me hace curioso que, a pesar de ser algo tan presente en el día a día de la sociedad, todavía sea delicado hablar y escribir de la censura. Mis dedos puntean con pies de plomo la introducción de este artículo en el teclado.
Desde la perspectiva filosófica, es difícil adoptar una posición a favor de la libertad de expresión extrema: no todo lo que sucede en el mundo es moralmente aceptable. A la vez, decir que hay cosas prohibibles nos plantea el problema de quién y dónde debería ponerse el límite. Pero dejaremos estos debates para la sobremesa del anochecer a puerta cerrada. A estas alturas y con las temperaturas que asedian Cataluña últimamente, esta temática calienta demasiado la cabeza. En cambio, nos concentraremos en aquello tan sugerente como la autocensura, la rebeldía del arte, y la responsabilidad del artista.
Para empezar, propongo esbozar una de las múltiples definiciones del arte. Aceptando que en el mundo del arte hay temáticas infinitas, y que cada individuo creador tiene un universo propio; diremos que tanto la temática y la perspectiva singular surgen de las creadoras o creadores como respuesta a su contexto. Por lo tanto, el arte es la frontera que cicatriza entre la sensibilidad humana y la dureza del entorno. Es posible que el artista sienta heridas que no desee exponer a la luz pública. Otras veces, las cicatrices afloran con orgullo y optimismo, queriendo mostrar al público aquello que es vergonzoso y sensible. Ambas actitudes se encajan en la figura del artista que interviene entre la voluntad de ocultar y la de desvestir impulsos de vulnerabilidad y denuncia.
Porque, más allá de la adecuación del discurso hegemónico cultural y de los cánones sociales, la censura, también preserva el límite entre la intimidad y la identidad social del artista. Al fin y al cabo, hacer pública una fotografía, un texto, un cuadro, una danza, también y en primera instancia es exponer tu vulnerabilidad e identidad a la mirada de personas como yo —con suerte seguidora de tu trabajo—, preparada para apuntar con el dedo y juzgar un objeto, tu cicatriz, el resultado de tu esfuerzo.
Para concretar, ejemplificaré con dos artistas que han marcado mi recorrido como pensadora. Recuerdo la primera vez que vi las fotografías de Sally Mann. La serie de imágenes que retratan su familia siempre han sido mis favoritas. Desde un inicio confundieron en mí dos sensaciones. Por un lado, la ternura de presenciar el trabajo de una madre que admira sus hijas. Por la otra, la sensación incómoda del voyeurismo, aquella que sabe que se encuentra ante la intimidad atesorada. Y me pregunto, como madre, ¿explotaría las imágenes de familia? Como artista, ¿estoy dispuesta a compartir aquello que conmueve mi núcleo? La fotógrafa lo hace, expone su amor más preciado. Toma el poder de quien se muestra frágil, sin miedo a ser reprendida.
Igual de importante, pero muy diferente, es el tipo de poder que motiva el trabajo de Núria Güell. Su contenido gira explícitamente alrededor de la censura y las problemáticas sociales. Imagino su figura de mujer empoderándose, harta de ser abusada y ninguneada, cuando pareció en 2018, su documental denominado “De putas. Un ensayo sobre la masculinidad”. Veo su cicatriz ondeando al viento de la crítica y represalia social. Como no existe ninguna garantía que todo arte sea personal, tenemos que ver más allá de la personalidad de Núria, y puedo suponer que otras muchas mujeres agradecieron su rol de artista reivindicativa.
Precisamente por eso, para protegerse de la autocensura. Aquella que limitaría la creación artística y de ficción, en el proceso, Julio Cortázar olvidaba la presencia del público. En una entrevista que os comparto en este enlace, el escritor nos habla de la relación del autor con el lector, como si el vínculo fuera una pasarela que ambos cruzan en el momento de la lectura. Entre ambas figuras hay un puente que las une, pero en el momento de la escritura el camino se tiene que romper, el autor ha de estar solo, dice. Solas y sin la mirada de la alteridad, solo así somos capaces de comunicar y revolucionar los paradigmas preestablecidos. Hacer nuestros sin vergüenza, los rincones más humanos de nuestra creación, que también, a veces, son los más oprimidos. Solo sin pensar en la ovación del público, la creación se emprende sin temor. Claro que entonces, si el arte es una cicatriz, la artista es una luchadora y, por eso, son las primeras en verse castigadas al exilio. Porque por mucho que yo lo intente, política, arte, sociedad y esferas personales, están siempre entrelazadas.
Y así, después de serviros unas tapas de “censura rebozada de responsabilidad artística”, voy a remojar mis pies en a la piscina y desearos una buena zambullida en el mes de agosto.