Exposición

Artigas – Miró. Cerámicas y dibujos

9 junio — 30 julio, 2021

JOSEP LLORENS ARTIGAS Y JOAN MIRÓ

Josep Llorens Artigas (1892-1980) está considerado el gran referente de la cerámica artística en Cataluña. Su nombre trascendió fronteras muy pronto, para hacerse un lugar destacado en el panorama internacional. Paralelamente, su compañero de juventud Joan Miró (1893-1983) se convirtió con los años en nuestro artista más universal. La obra de Llorens Artigas es inacabable e inconfundible por su carácter y singularidad, como lo es también la de Miró, un hombre que, asentando sus raíces en la tierra, en el país y en su tiempo, supo proyectarse al mundo a través de un arte tan colorista y soñador como rebelde, combativo y exigente. Al presentar ahora a estos dos artistas y amigos en diálogo, la Galería Artur Ramon Art rinde un merecido homenaje a su aportación al arte y al espíritu artístico del siglo xx. 

Llorens Artigas nació en Barcelona en 1892, e inició su formación artística en el campo de la pintura. En 1914, cuando tenía veintiún años, se dio a conocer como crítico de arte, pero no empezó a sentirse vocacionalmente atraído por la cerámica hasta 1917. Entonces comprendió que la cerámica podía llegar a convertirse en su medio de expresión artística. Con todo, aún expuso algunas pinturas de estilo cubista en la Exposición de Arte de Barcelona de 1922, y no fue hasta 1924, con treinta y dos años, cuando debutó como ceramista, en colaboración con Raoul Dufy, en la Galería Bernheim-Jeune de París. Los resultados fueron fulgurantes: «No ha fet més que arribar i moldre» [lo que podríamos traducir como «Ha sido llegar y besar el santo»], exclamaba Joan Sacs en 1925. A partir de entonces, primero desde París y posteriormente en Barcelona y Gallifa, Llorens Artigas emprendió una trayectoria sólida —tanto en solitario como en colaboración con Miró y otros artistas de prestigio— que lo convirtió en uno de los grandes maestros de la cerámica de autor y de vanguardia de mediados del siglo xx. 

Llorens Artigas se hizo un nombre trabajando el gres artístico cocido a elevadas temperaturas, de más de 1 200 grados. Un largo período de práctica y formación, vivido entre Barcelona y París, le permitió tomar conciencia de qué cerámica quería crear y de cuáles eran los referentes a seguir. Así, optó por unas cerámicas de formas inspiradas en los modelos del Asia Oriental, que tenían como referencias las aportaciones francesas surgidas en el cambio de siglo, encabezadas por Delaherche, Lenoble, Decoeur y Metthey. Además, consideraba que la cerámica, por su privilegio de nacer de la unión de los cuatro elementos de la naturaleza, era el arte más puro y más abstracto de todos. Por consiguiente, Llorens Artigas vivía la experiencia creativa como un medio de introspección, de expresión y de descubrimiento, en el que confluían el saber, la intuición y el espíritu: «Me vuelvo filósofo por culpa del oficio», confesaba a su amigo y crítico de arte Joan Teixidor. En definitiva, aunque una de las vertientes que proyectó su obra a la fama internacional fueron las colaboraciones con artistas como Dufy y Miró, Llorens Artigas fue siempre altamente respetado tanto por la calidad como por la personalidad sensible y poética de sus piezas de gres. 

Las posibilidades expresivas de la cerámica son infinitas y, desde este punto de vista, Llorens Artigas optó por recorrer un camino asentando los pies en la tradición, de la que podía emerger un lenguaje tan cercano como universal. Por un lado, renunció al ahogo de las superficies recargadas, rebosantes de decoraciones retóricas, para abrazar una estética pura, de formas sinuosas, austeras y equilibradas, surgidas del trabajo con el torno y que reflejaban la depuración oriental. Por otro lado, renunció a los métodos modernos de la producción occidental y se mantuvo firmemente fiel a la llama. Fruto de la pasión con que vivió la investigación empírica en el campo de los esmaltes —iniciada de la mano de Francesc Quer—, Llorens Artigas tomó la decisión, deliberada y meditada, de trabajar siempre con hornos de leña. En este sentido, el estudio Les pastes ceràmiques i els esmalts blaus de l’Antic Egipte —publicado en 1922, bajo los auspicios de la Escola Superior dels Bells Oficis— fue el principio de toda una vida dedicada a experimentar con las tierras y con el mundo mineral, a fin de descubrir las fórmulas químicas de los colores de la naturaleza, surgidos de la propia naturaleza. 

De ese modo, mediante el trabajo y la continua experimentación con los esmaltes, junto con el conocimiento y el dominio del fuego, muy pronto el artista aprendió a fijar e inmortalizar los huidizos colores de la naturaleza, recreando materias capaces de compararse con las de la tierra: «Cada esmalte, cada color cerámico conseguido, no como experiencia científica, sino en función artística, constituye una auténtica creación, de una pureza que raramente encontraremos en otros medios de expresión artística, en los que la creación se halla más en la representación, más en el espíritu que en la materia». Reflejos y texturas, colores sorprendentes, tonalidades intermedias y gradaciones a menudo imperceptibles o llenas de matices, hacen de cada una de sus cerámicas una obra de arte única e irrepetible. Así, el artista lograba unas formas que eran tanto clásicas como modernas, y que a través del torno y de los matices cromáticos de los esmaltes se expresaban como auténticas obras de arte. Un arte sensual, de una abstracción honesta, capaz de expresar —según escribía el propio Llorens Artigas— la armonía del mundo.

Del mismo modo que Llorens Artigas encontró los elementos esenciales de su lenguaje en la tierra, la naturaleza y la tradición, Joan Miró, nacido un año después, fue también un poeta capaz de crear un lenguaje propio original, basado en una escritura simbólica de formas y colores inimitables que, a lo largo de los años, llegó a ejercer una profunda influencia en el arte del siglo xx. La formación y los primeros años de Joan Miró en Barcelona muestran un cierto paralelismo con los del ceramista: a contracorriente de la voluntad familiar, ambos sintieron desde bien jóvenes la vocación artística, que les hizo coincidir en algunos espacios —por ejemplo, el Cercle Artístic de Sant Lluc—, en maestros, como lo fue Francesc Galí, y en proyectos artísticos de juventud, entre ellos la creación de la Agrupación Courbet. Con todo, enseguida Miró emprendió su propio camino, plenamente personal. No obstante, el fracaso de su primera exposición individual en las Galerías Dalmau de Barcelona, en 1918, fue la chispa que empujó al pintor a huir de las inercias estancadas de esta ciudad para entrar en contacto con los necesarios estímulos que inspiraron los primeros rasgos destacados de la obra mironiana: la cultura y las raíces populares de su tierra natal —ya fuera el paisaje del Campo de Tarragona o la expresividad de la pintura románica— y, no menos importante, a partir de 1920, la vanguardia cultural de entreguerras vivida desde su principal campo de batalla, París.

La marcha a París y las estancias alternas en Mont-roig del Camp y en Barcelona hicieron que la obra de Miró evolucionara de los primeros cuadros fauves y del realismo mágico y detallista hacia la expresión de una naturaleza real, transformada mágicamente a través de los sueños y la imaginación. No obstante, para lograr el lenguaje propio de las Constelaciones, además de renunciar a los medios expresivos habituales de la pintura, Miró bebió de más fuentes e impulsos, desde los choques del azar y el accidente —como muestra la célebre serie de pinturas d’après collage— hasta la poesía, la música, las pinturas de Altamira, los dibujos infantiles o los siurells (silbatos de barro decorados, típicos de Mallorca), entre tantos otros elementos. Y, sobre todo, tuvo como aliados permanentes el trabajo infatigable y un eterno espíritu joven que le guiaron para trascender el hecho plástico.

Joan Miró, trabajador inquieto como era, experimentó a conciencia la voluntad de ir más allá de la corrupción de la pintura, con el deseo de alcanzar una proyección humana capaz de dejar huella. De ese anhelo, además de dibujos y pinturas, surgió un gran número de esculturas, cerámicas, pinturas murales y una extensa obra gráfica que han permitido difundir su mundo de formas e imágenes, de una expresión sensible y, al mismo tiempo, penetrante, comprometida y conmovedora. Además, esa autoexigencia fue una de las claves que hicieron posible la celebración unánime de todos los proyectos de cerámica artística emprendidos de manera conjunta por Miró y Llorens Artigas a partir de 1944 y hasta el año 1970. 

Las piezas de la exposición que organiza la Galería Artur Ramon Art, dieciocho greses de Josep Llorens Artigas —desde uno de los primeros cuencos cocidos en el taller de Charenton-le-Pont, en 1927, hasta jarros de la última etapa de Gallifa—, junto con nueve obras de Joan Miró —formas biomórficas, grafismos y figuras, tanto de la época del «asesinato de la pintura» y de los años cincuenta, como del período final de su vida— son un buen testimonio de la aportación de estos grandes creadores catalanes del siglo xx. Dos artistas inconformistas que se admiraron, se respetaron y compartieron luchas e inquietudes. 

Ricard Bru, comisario.

Más Información

Fechas: 9 de junio – 30 de julio de 2021
Lugar: Bailén 19, 08010 Barcelona
Horario: Lunes a Viernes 10h-14h 16:30h-20h
Teléfono: (+34) 93 302 59 70
eMail: art@arturramon.com
Website: arturramon.com