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Sorolla: la luz del agua

5 de septiembre de 2023

Sorolla: la luz del agua

Por Àlex Salas

El 10 de agosto hace cien años, el iluminista se apagaba en las afueras de Madrid. Joaquín Sorolla, necesita poca presentación, fue un artista altamente reconocido durante su carrera de pintor. Se han escrito muchas biografías de Sorolla, se ha tratado su arte en muchos libros y grabadas horas de documentales diversos. Por este motivo, el artículo de hoy solo trata dos obras, testigo de la pasión de Sorolla por la vida de costa. Así pues, os invito a disfrutar la manera de Sorolla de tratar la luz del agua salada.
La vuelta de la pesca y los chicos en la playa, son, de lejos, dos de mis obras favoritas. Ahora que, poco a poco, se duerme el verano, pienso en sus paisajes marinos, plenos de los rayos de un Mediterráneo todavía inocente y optimista. Talento y belleza recubren cada uno de los lienzos del artista. Aunque, en su producción es notable la gran cantidad de cuadros acerca de temáticas costumbristas de otras zonas de la península. Los cuadros de los cuales escribo hoy son representativos del trabajo del iluminista valenciano. He decidido hablar de ellos, por corazonada, por cómo de especial fue la primera vez que visité las salas en las cuales se exponen. Una atracción magnética sentida en mi mirada, el momento en el cual encontré mi atención capturada en la inmensidad de los lienzos. Temporalmente, pero, he de indicar que ambas piezas se encuentran expuestas al Palacio Real de Madrid hasta el 24 de septiembre. “Sorolla a través de la luz”. Así han bautizado la exposición monográfica que rememora el recorrido del artista. Desde nuestro espacio de Magazine en línea he pensado escribir Sorolla a través del agua.
Las dimensiones del soporte de los chicos estirados en las olas de la costa valenciana me cogieron por sorpresa en el centro de Madrid. Haciendo de la embriaguez de la noche anterior la excusa para una actitud contemplativa, con mi —todavía vigente— carné de estudiante, los pasos perdidos y unas piernas fatigadas de la fiesta, fui a parar entre las salas del Museo Nacional del Prado. Allí, en una ciudad lejos del mar Mediterráneo, la lentejuela de aquellos cuerpos risueños, se abalanzaba sobre mí. Los ocres y los verdes marinos transmutaban el tiempo y el espacio y me transportaban en un limbo de arena entre los dedos y camisón soplado por el viento. Claro que, también esto es arte, saber hacer virar el entorno de quien contempla. Capturar dentro del cuadro el cuerpo diminuto, plantado y abrazado ante la pintura al óleo.
Se ha dicho que Sorolla era un vanguardista a caballo del clasicismo. Si tomamos como referencia el cuadro de la bata rosa y sus estancias en las academias de Roma y después de París, está claro que su formación clásica fue poderosa. Además, la admiración personal de Sorolla hacia Velázquez, recogida a lo largo de su obra de retratos, pero también en los intercambios epistolares, dotaban de su impresionismo un aire de vanguardia embrionaria. Evidentemente, ambas circunstancias tuvieron gran impacto en su modo de comprender la pintura. Yo sobreencarezco, no solo encontramos en Sorolla un Clásico, ni un Vanguardista visionario en el uso del material, también tenemos un inciso de All-over painting. Frente al formato de 118 centímetros de alto por 185 de ancho, yo lo que veía era un preceptor de los expresionistas americanos. Se dice que las dimensiones de un cuadro tienen que ser tenidas en cuenta para poder hacer una lectura temática. A lo largo de la historia del arte, las grandes pinturas han sido concedidas a la narrativa histórica, al retrato de cuerpo entero de un gran representante político o militar, a las alegorías nacionales, entre otros. Pero, ¿cuánta es la cantidad de superficie necesaria y suficiente para mostrar el entusiasmo de nuestra nostalgia marina? Especialmente para aquellas de nosotras que vivimos lejos del removerse del agua salada. A comienzos de septiembre se sospecha la añoranza del baño por la tarde, después de un día de verano, de las risas maleducadas que dejan llenas de arena las toallas de las vecinas. Entonces es cuando comprendemos que las olas y los bañistas, un bodegón de culo desnudo, tomen dimensiones de escala natural.
El pintor hizo del chapoteo de la luz y la vida rutinaria de costa la herramienta por la narración de una serie de obras. Entre las cuales se encuentra el retorno de la pesca. Escurriéndome de la terraza de esculturas del Musée d’Orsay a París, topé con el cuadro de la vuelta de la pesca. Monumental, el retrato de una barca salpicando los pescadores tersos, y de unos bueyes deseosos de siesta luchando contra la espuma vigorosa. El todo contrarrestado y, a la vez, acompañado por la ligereza de la vela tensada por el viento. Nuevamente, desde París, en una capital lejos del mar Mediterráneo, Sorolla me gritaba a la añoranza del veraneo que ya concluye. Empatizando con la fatiga laboral, frente a las claridades blancas del mar a pie de vela, muero de sed por un baño en el Empordà.
Ahora que ya es septiembre, retomamos la rutina, volvemos a los usos y costumbres que al comienzo se nos hacen extraños, pero después se convierten en hogar. Puede parecernos una ironía burlona, un gesto naiv, el positivismo y ligereza de esta agua luminosa que rodea los pescadores volviendo fatigados de la jornada de trabajo. De hecho, 265 cm por 403,5 cm, son un tamaño comparable con el cuadro del fusilamiento del 3 de mayo, o lo que quedó de la ronda de la noche de Rembrandt, capte la ironía quien buenamente tenga el ánimo. Pero también la podemos ver como una palmadita en la espalda por parte de Sorolla, a todas nosotras que retomamos el trabajo, el iluminista, con un cuadro de dimensiones fastuosas nos anima a ser optimistas y a gratificar el trabajo ordinario. El año que viene vuelve el verano, con suerte algo más fresquito.